Buenas tardes a todos:
Dado el ambiente social en el que nos estamos moviendo en estos momentos; después de haber escuchado ayer a D.Gustavo Bueno hablar de tolerancia, también es bueno que digamos unas palabras sobre la escuela cristiana, que parece que últimamente no está siendo muy tolerada y que sin duda tiene mucho que aportar y decir en nuestro mundo. Estando en las fiestas de nuestro colegio, no podemos olvidar lo que Calasanz aportó a la escuela cristiana con sus Escuelas Pías, y por ello haremos mención a algunos puntos importantes de la pedagogía calasancia.
El punto de partida será la realidad que concierne a nuestra escuela católica en general y aplicable por lo que nos toca de proximidad a nuestras Escuelas Pías, que se catalogan en el marco de la escuela cristiana y con una dimensión calasancia que no podemos ignorar. Podríamos iniciar esta reflexión preguntándonos si es posible y necesaria una educación cristiana en nuestra sociedad actual. No podemos olvidar que toda escuela se da en el seno de una sociedad y que pretende educar para esa sociedad concreta. Si la educación no crea pautas de conducta viables y no orienta al alumno hacia el futuro en esa sociedad, no merece el nombre de educación. Esto es aplicable también a la educación cristiana, pero con una dificultad añadida: la educación cristiana tiene unos rasgos específicos -cristianos- que formulan siempre una crítica (la utopía del Reino de Dios) a la sociedad existente. ¿Cómo preparar al educando para vivir en esa sociedad sin diluirlo totalmente en ella, manteniendo el núcleo duro de lo irrenunciable en la aspiración cristiana a una vida mejor? La cuestión creará una tensión permanente en el concepto mismo de lo que se entienda por educación cristiana y querer reducirla sólo a momentos intraescolares es pretender apresar el viento en una jaula puesto que la cultura dominante inunda el ambiente en el que vive el alumno, incluida la misma escuela.
Es un apartado que nos llevaría mucho tiempo comentar pero, me limitaré a hacer una somera enumeración, sin olvidar que vivimos más bien en el seno de subculturas que se mezclan y/o se oponen dentro del todo social.
I. Es el resultado al menos de un doble proceso típico de la modernidad: por un lado las necesidades crecientes de conocimientos y por otro el pluralismo de cosmovisiones -religiosas, políticas y existenciales-, en el que coexisten dentro del mismo espacio social, y disponibles para los ciudadanos, hasta enfoques opuestos sobre el significado de la vida y de la actividad humana. Esto sin duda es un obstáculo para una educación cristiana que busca un entronque con la sociedad, sin reducirse a un pequeño grupo y sin menoscabar su propia identidad.
II. La secularización en este tipo de sociedades es capaz de ofrecer a la existencia humana una multiplicidad de sentidos, en diversos niveles no necesariamente últimos. No sólo la ambición o el dinero, sino también el gozo, la amistad, la compañía humana, la solidaridad, la dicha, una ética meramente humanista podrán ser vividas por el individuo sin referencias estrictamente religiosas. Lo religioso cristiano no será ya un referente cultural obligatorio, sino que permanece como una búsqueda personal: se ha privatizado.
III. La opción personal por ciertos valores frente a otros queda abandonada a la subjetividad del individuo.
IV. Para complicar más las cosas viene el mundo de la información necesaria en toda sociedad y con tres principios que parecen regirla:
A) El de la externalidad. Con él se alude a que es imposible la interiorización de todos los mensajes con los que diariamente somos inundados. Se ofrecen para que el individuo pueda conectar con aquello que más le "seduzca". El mensaje cristiano, tal como lo ofrecemos ¿tienen capacidad de seducción?
B) El de la saturación. Un mensaje si se reitera llega a saturar, y si llega por varios canales mejor. Los mensajes no adecuadamente saturados son reducidos a la condición de ruidos.
C) Descentramiento. El individuo ha de buscar su centro, ya que no se da un baremo social externo al propio individuo que le haga elegir una actitud vital más que otra. Podemos pensar que esta laguna la suplen los valores, pero los valores no son unánimes
La combinación de estos datos de la cultura contemporánea tiende a producir una crisis de identidad. La consecuencia para una educación cristiana en este tipo de sociedades no es intento de negar la libertad, sino el esfuerzo por educarla arraigándola ¿Dónde? En la propia experiencia del sujeto. En ella tendrán que echar raíces una serie de valores con la suficiente solidez como para resistir la comparación con otros, que la misma sociedad le irá poniendo ante los ojos.
A esta enumeración somera de dificultades para la educación cristiana, podríamos añadir los rasgos que nos define el "Postmoderno", y que todos tan bien conocemos, pero que conviene recordar aunque sea en sus puntos más elementales:
Naturalmente no todos los jóvenes son así, pero este tipo del postmoderno (del que nosotros los ya no tan jóvenes, también podemos participar en alguna medida) viene a ser uno de los retos más visibles, con lo positivo y negativo, para una educación cristiana.
Las grandes metas educacionales se convierten hoy en desafíos constantes a los cuales ha de responder la escuela de forma coherente y eficaz, para que la educación no quede sólo pensada en el nivel de los grandes principios, por eso la escuela cristiana ha de vivir con espíritu abierto y con una actitud de acogida a las realidades que han de ser recogidas, discernidas y respondidas desde la fidelidad a la nueva realidad educativa interpeladora y a su propia identidad de escuela, y escuela cristiana.
Podrían ser muchas las urgencias a las que tendríamos que responder desde la escuela cristiana, pero voy a centrarme en las que en estos momentos considero más necesarias
A nadie de los presentes se nos puede escapar la constante secularización existente en nuestra sociedad. Basta observar como las instituciones sociales tienen su autonomía desvinculándose de lo religioso como referencia. El centro de la sociedad ha dejado de ser lo religioso y se ha centrado en otros valores de diversa índole. Es una sociedad en la que se quiere imponer a toda costa el modelo laico de vida, que incluso considerado en lo que significa de autonomía humana y civil se presenta como positivo y fecundo. De aquí nace el respeto mutuo, el pluralismo de todo tipo, la aceptación del diálogo y la tolerancia que muchos parece que han perdido. Esta forma de vida puede entenderse como una opción que se aprende y vive sin más (como pudo ser en otro momento el fenómeno de la religiosidad), o bien como una opción pensada y tomada desde la coherencia personal. Podemos vivir en una sociedad en la que lo laico, como fruto de la secularización y del secularismo, se imponga ya sea a través de un clima social que contagia, ya a través de la fuerza de ciertas ideologías o ciertas políticas.
Hay posturas actuales que nos quieren dar a entender que lo laico, y sólo lo laico, es el modelo natural para toda sociedad avanzada, como expresión de un signo de progreso inequívoco del presente y del futuro.
¿Cómo se ha vivido este laicismo en la educación? En algunos periodos históricos hemos vivido, con cierta virulencia la voluntad laicista en la educación y en la escuela y hoy por desgracia, parece que volvemos a ello. Todavía podemos vivir bajo la presión de un modelo educacional que tiende a suprimir de la educación y de la escuela ciertas dimensiones y valores -morales, religiosos y trascendentes- y a ofrecer un modelo reducionista. Si nos centramos en nuestras múltiples variadas y rápidas reformas educativas, observamos que al colocar a la religión en una disposición adicional se está consagrando un sistema educativo laico al no introducir en su organigrama un lugar explícito para la enseñanza de la Religión. Si a esto añadimos que a la escuela privada concertada se la tolera, pero no se la ofrecen las garantías suficientes de supervivencia, o de poder llevar adelante un plan de calidad si no es a costa de los padres, estamos instaurando claramente la escuela laica. Puede ser bueno, pero también malo, este modelo de escuela. No me toca a mí desde aquí juzgar su validez o no.
Lo que no me cabe duda es que aquí la escuela católica debe dar una respuesta desde sus principios e ideales.
(a) Una primera respuesta consiste en aceptar sin reticencias y sin ambigüedades el carácter laico de nuestra sociedad y respetar sus valores fundamentales. Debe aceptar el pluralismo como un hecho normal, no sólo reconociéndolo sino como elemento válido para el sistema educativo y potenciando los valores de libertad, respeto, tolerancia, capacidad crítica diálogo, justicia, solidaridad, apertura y tantos otros que desde él se propugnan. Así, al favorecer estas dimensiones humanas a través de la educación, responderemos a quienes dudan todavía que sea posible que la escuela cristiana pueda abandonar sus defectos históricos atribuidos como: autoritarismo, adoctrinamiento, dogmatismo y visión cerrada de la realidad. Esto nos exige modificar ciertas estructuras para llevar hasta las últimas consecuencias estos valores sabiendo que no hay ruptura sino unidad entre ellos y el Evangelio.
(b) La escuela cristiana acepta además que el pluralismo social afecta a los modelos educacionales varios. Por eso se ofrece ella misma como alternativa a otras opciones o propuestas en y desde la sociedad. Este tipo de respuesta significa que la escuela cristiana reafirma su identidad ofreciéndose a la sociedad con unos rasgos bien definidos con un carácter propio que ofrece a los demás aceptando el reto de ser escuela diferente en un ámbito educacional en el que se le obliga a una dependencia excesiva, a unas exigencias de tipo burocrático y administrativo que parecen mitigar las diferencias esenciales y los rasgos de identidad de la escuela cristiana.
(c) Otra respuesta al desafío de lo secular consiste en el favorecimiento, dentro del modelo educativo cristiano de aquellas dimensiones de la persona humana que otros modelos, especialmente el oficial, omiten, ocultan o distorsionan. Es la necesidad de crear una educación integral frente a proyectos educativos restrictivos, dando una respuesta religiosa que radica en una concepción de la vida y del hombre que hunde sus raíces en el Evangelio. Esta respuesta muestra que la escuela cristiana se mantiene fiel a sí misma, a su raíz cristiana y a la misión evangelizadora de la Iglesia.
(d) La escuela cristiana se ha definido, y se define, como creadora y portadora de un proyecto educativo unitario y coherente frente al pluralismo interno, preconizado y definido por la escuela pública. Este reto debe ser respondido reformulando la identidad de la escuela en términos nuevos y significativos, diversificando la oferta pastoral explícita, ya que la educación de la escuela cristiana es servicio personalizado, atención a las necesidades particulares de los alumnos según sea diversa y plural la situación en relación con la religión y la fe cristiana.
(e) Si la escuela cristiana quiere subsistir en esta sociedad pluralista se ve obligada a reformar sus estructuras para dar respuesta a esta realidad nueva.
Me voy a permitir para este apartado citar al P.José Luis Corzo, escolapio entre otros muchos títulos que podríamos poner, en un artículo que escribió en el año 1998 titulado "Lo cristiano hoy en la escuela calasancia"
Habla de tres dimensiones de todo el proceso educativo y del acto educativo en sí mismo y que paso a enumerar.
Primero, la apertura personal del sujeto que se educa; tanto nosotros como nuestros alumnos. Se trata de fomentar cuanto nos abra y sensibilice ante más cosas, nos inquiete, asombre e interrogue y nos haga contrastar distintas atalayas desde las que se ve el mundo. Abrir los ojos, los oídos y el corazón ante la vida entera. En esa sensibilidad anidan los valores; no en el territorio de las ideas, sino en lo que paga cada uno por lo que tiene y por lo que quiere conseguir, puesto que, mientras no se paga, no pasan las ideas a tener un precio y ser un valor. No os dejéis engañar: no conviene volver a una escuela ideológica proponiendo valores que no son más que ideales. Y, al contrario, por más que mienta nuestra boca, nuestras obras e instituciones delatan qué adquirimos y qué valoramos realmente; ante qué somos sensibles y qué queremos conservar. (Una clave evangélica, por lo demás, rica y pedagógica).
No vale cualquiera para estimular el crecimiento y el aprendizaje. Los hay sin inquietudes y los hay ya cerrados, porque lo saben todo. El riesgo que supone al crecimiento propio enseñar toda una vida a menores de edad no es nada desdeñable. Un riesgo laboral que ha arrinconado a muchos al pasado, incapaces de otear los horizontes del futuro. No es más que un tópico, de tantos en educación, que el contacto con niños y con jóvenes nos mantenga abiertos al futuro. Pocos sectores tan inmovilistas como la enseñanza; pocos espíritus tan conservadores como en el magisterio. Es nota cotidiana del sociólogo. Haceos la pregunta de cuánto van cambiando los educadores mientras educan, de cuánto les influyen sus propios alumnos y las cosas que pasan en el mundo y sabréis de su apertura.
Hay modelos educativos que parecen, precisamente, hechos para cerrar y tranquilizar, en vez de interrogar, inquietar y abrir: mucha educación de mapa ("ya está todo explorado y señalado: éstos son los valores y éste el peligro"); y mucha educación de brújula, que enseña sólo el norte y cierra otros caminos ("estudia, para esto y lo otro. Haz así. Este es el ideal"). Y, sin embargo, lo que necesitamos es un radar: detectar los peligros, los vericuetos nuevos, las cuestiones pendientes, el nuevo interrogante, el que nos necesita, el Tercer Mundo, el centro productor de realidad y de engaño, el núcleo de injusticia. Es la voz que nos llama también a los maestros, sólo seguros de no saber nada.
La segunda instantánea del acto educativo es el mundo, la realidad: abrirse sobre el mundo. Que no es saber de todo, naturalmente, pero sí conocerlo, tenerlo en cuenta. Los programas no pueden contenerlo todo y, menos, fragmentado. Pero la denuncia mayor que los críticos podemos hacer a la enseñanza es que sirva, precisamente, para ocultar el bosque tras los árboles programados. Que distraiga al alumno con la importancia concedida a cuestiones de menor importancia (mediante examen, nota, repetición, etc.) y con el silencio sistemático de lo que más importa. Solemos quejarnos de que ahora la escuela, la vieja escuela de siempre, se halla en competencia con las nuevas escuelas a domicilio: la tele y demás medios sociales; y es verdad, pero no sólo en el sentido de que distraen y pervierten a los chicos, sino también porque acercan cuestiones enormes que la vieja escuela ni siquiera se atreve a afrontar. Y hace el ridículo. Ante la ecología, las diferentes guerras, la corrupción, el paro de sus padres, el Tercer Mundo, Africa..., la escuela insiste en Garcilaso de la Vega y omite a Spilberg, a Orson Welles y a Chaplin sistemáticamente; omite la trilateral, los dragones asiáticos y el Fondo monetario internacional (FMI).
No todos los modelos educativos cuidan este segundo aspecto de la educación. Muchos de ellos, como dijimos, se basan en la transmisión bancaria (como dice Paulo Freire) de saberes sabidos de antemano por los maestros y no están dispuestos, en absoluto, a abrirse en sus programas a cuanto ocurre hoy. No estamos proponiendo despreciar el teorema de Pitágoras o las oraciones subordinadas en la educación de la que hablamos, sino de hacerlo útil para comprender la realidad y no sus trozos. No son cosas opuestas. Con frecuencia se oye hablar del progreso que representa usar los periódicos en la escuela para esta o aquella asignatura. Sin embargo, la clave está en usar las asignaturas para poder entender los periódicos.
Y ésta es la tercera incidencia del acto educativo: apertura del hombre y visión de la realidad provocan la relación. Ya se ve que hablamos de instantáneas sólo posibles a la cámara fija (o al menos muy lenta) porque la vida hace simultáneas las tres cosas. Pero podemos observar que una buena relación con las realidades que van apareciendo en la conciencia no es siempre idéntica en todos los sujetos ni fruto obligado de la propia visión de lo real. La relación hay que cuidarla aparte y, más todavía, porque es fácil observar que, con frecuencia, está predispuesta en los dos momentos anteriores: la apertura o cerrazón personal y la visión o ceguera de las cosas del mundo. De hecho hay tendencias claras en las relaciones ofrecidas por los llamados educadores. Tendencias evidentes en quienes fallaron en los dos puntos anteriores: los que cerraban bajo consignas a los alumnos y los que sólo les mostraban aspectos fragmentarios de la realidad. Ahí están también los estrategas, que muestran sólo una realidad para provocar una única respuesta determinada: la revolución, el arribismo, la fe... como única salida. Es la manipulación educativa, seguramente inmoral. El fin no justifica los medios y la escuela no debe ser ideológica hasta ese punto, ni proselitista por encima de todo. ¿Qué diríamos si lo hicieran así, en la escuela de todos, los comunistas, los fascistas, o incluso los profesores de otra confesión religiosa? ¿Qué diríamos de un hospital cristiano que lo fuera para aprovechar la estancia de los enfermos e inculcarles la fe?
Y, sin embargo, la neutralidad es imposible y, en la escuela, una trampa mortal: la educación no puede quedarse en la mera visión de lo real sin sugerir actitudes, sin invitar a ellas. Más aún debe proponer el compromiso para el cambio, mostrar y denunciar los nudos con que se aprisiona y detiene la justicia, las instituciones y los bancos que pervierten el desarrollo, que niegan el 0'7, o bloquean un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC) o una negociación de la Organización Mundial del Comercio, (OMC) para apuntalar el grueso muro fronterizo (Norte/Sur)". (Tomado de José Luis Corzo Toral, "Lo cristiano hoy de la escuela calasancia", en AC n. 77-78 (1998) 406-408).
La Congregación para la educación católica, afirmaba en 1988 que " la escuela católica tiene por un lado, una estructura civil con metas, métodos y característica comunes a cualquier otra institución escolar. Y por otro se presenta como una Comunidad Cristiana teniendo en su base un proyecto educativo cristiano cuya raíz está en Cristo y su Evangelio, aunque al querer conciliar aspectos diferentes pueden surgir dificultades al primar uno de ellos y pudiendo religar o disminuir al otro".
No cabe duda que la reforma educativa nos ha planteado unos retos, e incluso nos ha marcado unas metas, que deben estar propuestas y recogidas en los diversos Diseños Curriculares. Algo en principio muy valioso, siempre y cuando queramos salir de nuestro inmovilismo y seamos capaces de hacerlo algo efectivo. Por ello la escuela cristiana tiene que responder a este desafío como cualquier escuela que sea coherente con exigencias pedagógicas renovadoras, pero para nosotros presenta un reto añadido porque hablamos de evangelizar a través de la escuela, y muchas veces pretendemos objetivos ambiciosos que queremos llevar a la práctica con estructuras viejas.
Para que una estructura escolar pueda llegar a su plenitud evangelizadora requeriría al menos dos condiciones:
a) Que los miembros que componen esa estructura sean miembros de la comunidad cristiana, verdaderos creyentes, testigos de la trascendencia del Evangelio del Reino en sus vidas personales y en la Comunidad Escolar.
b) Que en virtud de la fe de estas personas exista una lucha cristiana al interior de la estructura y su acción; una tensión cordial por modificar los condicionamientos de la estructura en el sentido evangélico, que es básicamente coherente con la defensa de todos los derechos fundamentales del hombre.
Partiendo de esta idea debiéramos preguntarnos si nuestras estructuras escolares están abiertas al mensaje cristiano o resultan opacas al mismo, si presentan objetivos evangelizadores o son un obstáculo para la evangelización. A veces hemos caído en la tentación de crear estructuras cerradas y homogéneas. Esto hoy en día no es coherente si queremos seguir evangelizando desde la escuela, pues no podemos situarnos al margen de la fuerza social que nos invade y porque la vocación de las escuelas cristianas es la de servir a los niños y jóvenes de hoy en, desde y para la sociedad en la que viven. La escuela debe ser un lugar con la suficiente fuerza y cohesión interiores como para contrarrestar el influjo negativo que pueda venir del exterior, nunca cerrándose a él sino configurando e integrando la personalidad de los educandos en un lugar rico en posibilidades para la educación integral y apoyada en su fe cristiana.
El buen éxito la educación, está en gran medida ligado al profesorado como agente mediador en el proceso educativo. Por encima de Proyectos educativos, Diseños curriculares, etc... está el clamor de la eficacia de los agentes educadores.
La reforma educativa nos ha marcado un reto, porque una escuela renovada precisa de un profesorado igualmente renovado. Cualquier reforma educativa que aspire a verse coronada por el éxito requiere una transformación de algunas de las pautas por las que se rige la actual profesionalización del profesorado, ya que no en vano éste se constituye, junto con los alumnos, en el protagonista de los procesos de enseñanza y aprendizaje.
A partir de aquí debemos crear una imagen de profesor diferente a la tradicional, por más que éste tenga muchas virtudes. Algunos rasgos del profesor en permanente actualización podrían ser:
a) El profesor como organizador de la interacción de cada alumno con el objeto de conocimiento.
b) Transmisor de la tradición cultural, pero también crítico, capaz de generar contradicciones y de promover alternativas.
c) Facilitador de la integración de las ofertas de formación interna y externas en el aula.
d) Diseñador de trabajos disciplinares e interdisciplinares.
e) Colaborador con el mundo exterior de la escuela, haciendo de la experiencia educativa una experiencia individual y, a la vez, socializada.
f) Profesional capaz de analizar el contexto en que desarrolla su actividad y de planificarla dando respuesta a una sociedad cambiante, fomentando a la vez la individualidad de los sujetos integrada en el colectivo social de referencia.
Este perfil, válido para cualquier profesor tenemos que teñirlo con lo que le diferencia como profesor de la escuela cristiana.
a) En cuanto profesional de la enseñanza y del aprendizaje necesita la renovación profesional y didáctica. Para ello la escuela cristiana debe situarse en vanguardia, no ahorrar esfuerzos y medios. El profesor de la escuela cristiana y cristiano, debe estar en continua receptividad por una formación continua, tanto a nivel pedagógico como de vivencia y crecimiento de su experiencia evangélica.
b) En cuanto a maestro de escuela cristiana, debe ser a la vez testimonio de los valores humanos y del Reino, de ahí que con mayor ahínco, ha de mantener la disciplina suficiente pero siendo cercano y afectuoso con los alumnos. Debe atender individualmente a los que quieren ir más deprisa pero nunca dejar solos a los que van más lento. Ha de cuidar el ambiente de clase, programarse sin dejar nada a la improvisación.
c) El reto de la formación del maestro en la escuela cristiana adquiere además otras dimensiones destacando por encima de todas la asunción -con inteligencia, sensibilidad creyente y compromiso- del proyecto educativo cristiano de la escuela en la que trabaja.
d) Fundamental también para la escuela cristiana, sobre todo en estos momentos en los que la abundancia de laicos supera con creces el número de religiosos, es el cuidado de los profesores de religión. No son ellos lo únicos responsables de la educación cristiana, ya que si el proyecto educativo está bien realizado, esta dimensión vetreba el mismo y todos se sienten implicados en él, pero sí son un referente mayor para los alumnos, dadas las peculiaridades de su asignatura que requiere una particular sensibilidad y un esmerado cuidado.
e) Es necesario que nuestros centros cristianos integren a los profesores seglares en la misión educadora cristiana. Es un signo que nos pide nuestro tiempo. Esta integración significa no sólo reconocer que ha llegado la hora de los laicos a la Iglesia, sino hacerlo algo práctico. Por ello es necesario cuidar mucho la selección del profesorado de la escuela cristiana, buscando personas coherentes con el mensaje Evangélico, y ellos deben en su tarea de integración a la escuela cristiana iniciar o proseguir un proceso de maduración en la fe y de concienciación pastoral que les lleve a asumir la educación en la escuela cristiana como algo más que una profesión remunerada: hay que vivir esta dimensión como una vocación cristiana, como una llamada al misterio eclesial. Sólo así, desde laicos cristianos integrados, comprometidos y viviendo su proceso de fe, será posible llevar adelante una escuela cristiana. Lo demás pueden ser parches de buena voluntad, de declaraciones de buenas intenciones, pero no desarrollo de una escuela que evangeliza.
No quisiera terminar sin referirnos a lo específicamente calasancio, ya que la mayoría de los que aquí estamos nos sentimos relacionados con la obra de Calasanz al que estos días recordamos. Aquéllos que no se sientan tan directamente relacionados con nuestro fundador, que apliquen estas palabras a su propio carisma y verán que deben surgir el mismo efecto.
La síntesis fe-cultura encuentra un lugar privilegiado en la escuela católica. Su vocación es formar personas. La cultura que ha de impartir rebasa los programas escolares para abarcar la vida. Es una educación integral, versión actual de un añejo lema que José de Calasanz grababa en su cuño con el que sellaba papeles conocidos en todas sus Escuelas: "Piedad y Letras". Se da síntesis entre fe y cultura cuando leemos el saber y la verdad como un texto único que nos hace madurar, nos acerca a los hombres y nos convierte a Dios. Programa amplio y complejo, que tiene como eje la cultura, y que implica: clarificarla, asimilarla, comprometerse en ella, identificar el papel del educador. El "texto" clave para el educador: "la síntesis entre cultura y fe se realiza gracias a la armonía orgánica de fe y vida en la persona de los educadores". Ellos son, en esa arquitectura, la pieza maestra: así lo entendió José de Calasanz. De ahí la selección y la formación continua de los educadores.
Para la síntesis fe-vida o Piedad y Letras, José de Calasanz propuso a sus hijos una identidad integrada de religioso, de sacerdote o catequista, de educador. Son dimensiones que, si se ejercen simultáneamente, darán como fruto necesariamente una educación evangelizadora. En cambio, si se atrofia alguna de ellas, peligra la síntesis fe-vida en el educador y en el educando".
El educador cristiano hoy está al servicio de la Iglesia, para el bien de los niños y jóvenes, pero ¿cómo ha de hacerlo?
La labor realizada por la escuela cristiana y las Escuelas Pías en particular, ha merecido siempre un reconocimiento, tanto en el pasado como en futuro. El presente apuesta por el futuro. Así lo han expresado un grupo de maestros -religiosos y laicos- "Para que nuestra escuela sea cristiana y calasancia a todos los niveles, damos vida entre los componentes (docentes alumnos, padres) a un ambiente humanamente estimulante, educativamente eficaz, eclesialmente significativo y escolapiamente definido".
Aquí, en este ambiente nos encontramos nosotros: con nuestro Proyecto Educativo, recién acabado y con el ánimo renovado. Ahora sólo nos falta que este Proyecto de Escuela Cristiana y Calasancia lo hagamos nuestro, no a nivel externo o de imagen, sino desde el convencimiento profundo de cada uno, y desde ahí construyamos la auténtica comunidad educativa cristiana.
Muchas gracias.
Oviedo a 24 de noviembre de 2004