Roma, barrio del Trastévere, finales del siglo XVI, en pleno siglo de oro de las artes, los niños se hacinan en las calles, huérfanos, desnutridos, una gran miseria y degradación moral los arropa. Mientras tanto ingentes remesas de oro y de plata procedentes del nuevo continente no cesan de entrar en Europa para financiar, entre otras cosas, el despilfarro y las guerras. Al igual que hoy en cuanto a la fe tampoco corrían buenos tiempos, centro Europa y las islas protestan, lanza un órdago y a su abrigo surgen el luteranismo, el calvinismo y el anglicanismo, solo los más íntegros en su fe, como Tomás Moro, aguantan. La Iglesia responde, la contrarreforma: el Concilio de Trento y el carisma de la Compañía de Jesús. La situación política y religiosa en Europa es convulsa.
Roma, un joven español, José de Calasanz, sacerdote, filósofo y letrado, de unos treinta y cinco años, de gran estatura y fortaleza físicas, camina hacia la parroquia de Santa Dorotea, en el barrio del Trastévere, es domingo y todos los domingos ayuda al párroco en la labor de catequesis. Está en Roma para hacer la carrera eclesiástica. Nacido en Aragón, séptimo y último de los hijos de una familia acomodada, su padre era el alcalde y herrero del pueblo, ello no le impidió fijarse en la situación de aquellos pequeños, mas bien al contrario en ellos descubrió su vocación, llevaba el germen de la generosidad propia de las familias numerosas, amor al prójimo que le había llevado en Clavero¡ a crear una fundación para repartir alimentos entre los pobres y más necesitados, fundación que se mantuvo hasta 1.883, casi doscientos cincuenta años después.
Pedagogo sí, pero sacerdote y hombre de fe por encima de todo, con una devoción por la Virgen María que cultivaría y le acompañaría durante toda su vida, y le sustentaría en los momentos más difíciles de su misión. la misma que le impulsa a fundar en 1597, en la Sacristía de la parroquia de Santa Dorotea, la primera escuela, escuela pía, escuela para pobres, para educar en la ciencia y transmitir la fe a los niños más desfavorecidos, aquellos cuyas familias no podían permitirse una educación de pago.
Vinieron después muchos que se le unieron viendo su forma de vida y más Escuelas Pías.
Y en 1.612 se fundó la ORDEN DE CLÉRIGOS REGULARES POBRES DE LAS ESCUELAS PÍAS, los escolapios, que educaba en la fe católica bajo el lema "PIEDAD Y LETRAS". Entre los alumnos se contaban también no pocos niños judíos y musulmanes y también protestantes puesto que viendo el estilo de vida que llevaban los escolapios muchos padres protestantes volvían a abrazar la fe católica.
Ciudad Naranco es un barrio de moda, muy afortunado, a la suerte de estar cerca de la naturaleza une el privilegio de su amplia oferta educativa, especialmente en lo que respecta a la enseñanza concertada impartida por colegios religiosos. Entre ellos destaca el Colegio Calasanz Loyola, fundado en el barrio en 1945 por los Escolapios. Desde entonces la comunidad de escolapios ha colaborado con la labor pastoral de la Iglesia en Ciudad Naranco. Mientras no había templo la labor parroquial la desarrollaban los Escolapios y así no fueron pocos los que se bautizaron, se confesaron y comulgaron por primera vez y se casaron en el Templo del Colegio Calasanz.
Luego en los albores de los años setenta vino el templo bajo la advocación de NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED, de la mano de los oblatos de María Inmaculada, y ahora después de casi treinta y cinco años, y ante el descenso de vocaciones, vuelve la sede de la parroquia al Templo del Colegio. La labor pastoral es asumida como titular de la parroquia por el padre Policarpo Sedano, venido de Madrid, con toda una vida al servicio de la fe, al igual que el padre Damián Martínez, nuevo vicario; pero en ella contarán con el apoyo y la entrega de sus hermanos de comunidad, los escolapios: padre Alejandro Martínez titular del Colegio, padre Leonardo Ordás, padre Mark Sagrado, llegado de Filipinas, el más joven, y en la administración del Colegio, como siempre, el hermano Manuel Rodríguez.
Difícil labor les espera, pero muy importante y gratificante, pues hoy, como entonces cuando vivía el fundador, corren tiempos complicados para la fe, para la familia y para la educación. Vivimos dejándonos llevar, pensando que todo es relativo, que no hay verdades absolutas, invadidos por una recidibante filosofía anticlerical, panteísta y pagana en definitiva, en cuanto a los valores y a la espiritualidad se refiere, manera de pensar en la que lo bueno es ser tolerante, respetar a los demás, cuidar de la naturaleza, el medio ambiente y las ballenas, la meditación trascendental, la moda nueva era; mientras batimos records mundiales en abortos practicados y estamos tratando de despenalizar el aborto y la eutanasia. Valemos en tanto que producimos y consumimos, y claro está ancianos o bebes no interesan. Las relaciones humanas se basan en que haya chispa, química y duran mientras dura el amor. Nadie aguanta a nadie, nadie está dispuesto a dar la vida, a ceder por su prójimo. No es de extrañar que la ilusión de los jóvenes al llegar el fin de semana se cifre en montarse un buen botellón para alienarse de este mundo que no les ofrece ideales por los que merezca la pena luchar.
¿Cómo cambiar ésto? Me viene a la mente la imagen del padre Fidencio que en medio de clase de religión se levantaba dando un respingo y lanzándose literalmente sobre la pizarra grababa en unas ciclópeas letras mayúsculas: "DIOS ES AMOR", Amor tan grande que supera el abismo de muerte que la razón abre entre mi prójimo y yo. Y la imagen del padre Fortunato dándonos cada tarde clases extra de matemáticas fuera de horario, en su tiempo libre. Y tantos otros... Ahí está el tema, en negarse a sí mismo para amar/ donarte al otro, a tu mujer, a tus hijos, a tus vecinos, pero esto es un don que sólo la Gracia de llevar a Dios consigo concede, porque uno por sí sólo es incapaz de Amar así, crucificando su razón. Y al ver el mundo, la sociedad y sus gentes este signo, este Amor, este estilo de vida, la sociedad, el mundo cambia, un estilo de vida como el de San José de Calasanz.
Tiempos duros en los que quizá corresponda a los niños llevar la fe desde el Colegio hasta su casa, a sus padres, ayudados por el carisma calasancio, que busca ante todo la salvación de todas las almas.
Nunca he agradecido lo suficiente a mis padres el haberse sacrificado tanto por darnos a mi hermana y a mí una formación integral, incluyendo la transmisión de la fe. Gracias padres por haberme matriculado en el Colegio Loyola y por haberme mantenido en él, y gracias padres escolapios por vuestra labor para conmigo. Dios os lo pague.
Angel Milán (antiguo alumno)