CRÓNICA En el 25 Aniversario de nuestra salida del colegio como antiguos alumnos.
Tras veinticinco años de abandonar el Colegio Loyola de Oviedo, la promoción nacida allá por 1962 promovió para el sábado, día 2 de Abril de 2005, la celebración de tal efemérides mediante la reunión de los antiguos colegiales con algunos profesores, con el objeto de rememorar la etapa mas señera de su vida y refrescar la memoria con una visión actual del Colegio.
Así pues, una cincuentena de exalumnos, procedentes de distintos puntos de España y de diferentes profesiones, tuvo ocasión de entregarse a sinceros abrazos al mejor estilo del clásico ¿Livingstone, supongo?, Habida cuenta de que los cinco lustros transcurridos transformaron aquellos colegiales de flequillo, pantalón convencional, inquietos y bulliciosos, ajenos a la informática y a las consolas, en curtidos adultos, muchos de ellos padres de familia, los cuales sacrificaron gustosos un sábado de asueto para adentrarse por unas horas en el túnel del tiempo y poder reencontrarse con viejas travesuras, horas de esfuerzo, las eternas aulas y un sinfín de estampas y fogonazos de alegrías y penas, todo lo cual tejió ese capital del hombre que es su educación.
En primer lugar, se celebró un partido de fútbol por parte de aquellos excolegiales con fuerzas para emular los viejos partidos que décadas antes tenían lugar de forma caótica en el escaso tiempo de recreo, y se pudo comprobar que no faltaron energías, entusiasmo ni risas, mezcladas con jadeos y algún que otro cariñoso improperio exigido por el lance. A continuación, los supervivientes y los restantes asistentes, tuvieron ocasión de saludar al actual Director, que generosamente nos abrió las puertas del Colegio, así como al hermano Manuel, a quien todos reconocieron como el otrora ecónomo de la institución, y que se mostró con su habitual cortesía y disponibilidad. Representativas fueron la presencia de Dn Jesús Elena y la del Profesor de Literatura Dn Juan Cueto. También recibieron la agradable sorpresa de hallar al Padre Fidencio, a quien todos recordaban por su proverbial accesibilidad, sentido del humor y su gran labor promocional del deporte, la naturaleza y la mente abierta, en unos tiempos en que estos aspectos eran considerados secundarios cuando no extravagantes.
El padre Fidencio ofició una celebración eucarística íntima, cercana y salpicada de alguna que otra intervención de los alumnos que sembró de sana complicidad a los docentes y alumnos ya presentes. Después de una sesión fotográfica para plasmar el encuentro, se realizó una pausada pero festiva visita a las instalaciones del Colegio, haciendo de anfitrión el que fuere espléndido profesor de la entonces llamada Primaria, D. Ramón Bernardino, de cuya mano fueron los excolegiales visitando las aulas (maravillándose de que se conservase el mismo pavimento, paramentos, e incluso en algunos casos, los mismos pupitres y altavoces), el antiguo bar (hoy reconvertido en algo similar a la guardería de infantes), el largo pasillo de la primera planta donde permanecían de pie los castigados y que fue bautizado como "La milla verde", las bibliotecas donde se forjaron las mentes de aquélla generación y en que se alojan las mismas colecciones, revistas y libros que alimentaron las mentes, y como no, finalmente, se visitó el templo que conserva todo su esplendor y magnificencia donde los alumnos asistían a los por entonces densos y reiterados actos religiosos, y donde tenían lugar los ensayos del coro y restantes ceremoniales solemnes.
Justo es constatar el poso de nostalgia que invadió a quienes echaban de menos el pabellón donde tenían lugar proyecciones de películas los fines de semana o donde se ejecutaban obras de teatro a cargo de los alumnos, aunque superior fue la congoja al constatar la ausencia de tantos profesores que se entregaron en cuerpo y alma a forjar a unos alumnos mas preocupados por aspectos terrenales que por pertrechar las estanterías del cerebro. También hubo sitio para la perplejidad al comprobar que las instalaciones estaban adaptadas para alumnos de sexo femenino, algo absolutamente natural y necesario en los tiempos actuales pero que resultaba inusual cuando los visitantes estudiaban en los escolapios.
Y engarzados en estas reflexiones sobre el pasado y el presente, sobre añoranzas y realidades, los excolegiales compartieron con los profesores un pequeño ágape mediante sidra y pinchos tradicionales en la conocida como "cancha cubierta", lo que permitió disfrutar de las vistas del Naranco, de la visión de los espacios deportivos abiertos del Colegio, a la par que unos y otros alternaban e intercambiaban impresiones, vivencias y retazos de un pasado que no volverá pero cuya fecundidad obliga a recordar con ternura y agradecimiento, ya que al fin y la cabo, "recordar" deriva de "cor, cordis"(corazón) de forma que el recordar es algo cordial, algo del corazón.
Para terminar, se celebró una cena mas formal en un conocido hotel de la ciudad, que se fue aligerando de formalismo conforme avanzaba la noche y crecían las risas, los brindis, las anécdotas jocosas, y se rememoraban los mil y un aspectos caleidoscópicos en que se manifestaba la educación otorgada por el Colegio. Esta se impartía a golpe de silbato, filas, amonestaciones y tutores exigentes, bajo el imperio de la disciplina y el respeto, con un sistema que paradójicamente consiguió una educación mas romana que espartana, mas crítica que memorística, más ética que amoral y mas tolerante que fundamentalista.
Pasada la medianoche, los más osados o quienes tenían menos cargas familiares, o mas bien, quienes deseaban aprisionar aquél momento de encuentro con un pasado venturoso, fueron a una discoteca local para continuar departiendo. Justo es resumir la jornada, al igual que los mandamientos bíblicos, en dos conclusiones basícas: primera, en la balanza de la experiencia pesaron infinitamente más los momentos gratos que los negativos, y segunda, nadie mostró el menor atisbo de rencor o maledicencia hacia el Colegio, que tendría sus defectos, pero de un modo u otro, es responsable en buena medida de que aquélla promoción nutrida de niños curiosos, imprudentes y algo bárbaros se haya convertido hoy día en una legión de hombres de bien, prudentes, responsables, con sana picardía y, sobre todo, muy agradecidos por un lado, a sus padres que tomaron la decisión de matricularlos en aquéllos tiempos en el Colegio, y por otro lado, al profesorado que tuvo la paciencia de aportar su ciencia, tesón e ideario en una atmósfera sana y libre. ¡Gracias, José de Calasanz, donde estés, por hacerlo posible!
Fdo.Josè Ramòn Chaves García
Veinticinco años han pasado
atrás queda el Loyola
Con sus curas y su ideario
un campo muy hermoso
todo un animalario
con díscolos alumnos,
pacientes internos,
algunos profesores muermos
y tropecientos externos.
Había cine en el salón de actos
los fines de semana
películas del oeste
sin escenas de cama
No hacía falta dinero
Pepe el rápido, de cancerbero
si gritabas durante la proyección
Recibías un linternazo
o un fuerte capón
seguido de la expulsión.
Recordamos el parte
Ese castigo infame
Esas horas perdidas
Tantas injusticias cometidas
Por hablar, mover o alterarse,
¡Eramos niños!¡Hay que fastidiarse!
Como no recordar ese cura con guindilla
tal y como dijo Moro en una coplilla.
Ese cura chalado
Corre como un venado
Y le gustó tanto a Pepe el pareado
Que le costo a Moro varios puestos de traslado.
También el Picasso
Serio matemático
lograba resultar simpático
Lo que no conseguía
Salsamendi el ameno
Con aquél ¡ que no atiendes!
pues sabrás lo que es bueno.
Fidencio fue nuestro prefecto pionero,
abierto y sencillo,
nada altanero,
un poco pillo,
aunque había que andarse con tiento
por su habilidad como Gento.
Zacarías con su apelativo de legumbre
versión nazi del padre Apeles
Como prefecto perdía los papeles
Por su adicción a los capones.
su sesgo masoquista
y nosotros hasta los melocotones.
Fuimos injustos con el Pato
Su voz chirriante
Su mirada fija
Su frotar de manos,
Su cuerpo hacia adelante
Nos hacía pasar muy mal rato
¡Era el jefe, que diantre!
El Lagartijo con la música se abstraía
mientras el alumno sudaba en el estrado
cuando aquél la espalda le daba
éste se burlaba
de la sinfonía.
El Tafini era un calvo arrogante
parecía un filósofo de los de antes
Y sobre todo un poco chulo
Al final, como todos los mangantes
Se fue a tomar por el zulo.
El pobre Constantino
bienintencionado y correcto
hombre memorable y correcto,
Pero su clase nos importaba un pepino
ibamos cada uno a lo nuestro,
Y las clases, sin ton ni chon.
¡Nos pasamos un montón!
El Sánchez era buen profesor de gimnasia
Aunque nos tomase el pelo
pues nos ponía a hacer flexiones
a rodar por el suelo
eramos unos pinines
pues se nos hinchaban los ojones,
perdón quise decir cataplines.
Quién olvidaría el bar de Aniceto
Bar y timba clandestina
Donde el hombre más guarrillo del mundo
suministraba bocadillos de lo más nausebundo.
¡Aniceto, un butano!
Deja a la limpiadora de meterle mano.
Pero sobre todo,
¡Un respeto, que no me llamo aniceto!
¡Quién no recuerda al Vigil en literatura¡
Sus exámenes eran una prueba dura
Devoto del diccionario
Del diretor, del retor y del dotor,
un calvario diario
pero extraordinario profesor.
Quién olvidará al Espías
Jamás explicaba la teoría
Y la práctica que explicaba
Siempre se refería a alguna derivada
Aunque tenía la virtud de que en los exámenes se distraía
Si alguna revista verde se le facilitaba.
De los exámenes que corregía
Uno por año
ya era demasía
quizás para que no le hiciese daño.
Tampoco olvidemos al Megatón
Que cuidaba la biblioteca
con la técnica del bofetón
Ni al estreñido del Lorenzo
Que tampoco quedaba atrás
si se trataba de ser exigente.
Sus clases de trabajos manuales,
era propias del mejor de los penales,
ocio e insultos a raudales.
todo muy indecente.
Aquel profesor de Morcín
con sus experimentos a montón
con su negro maletín
le bautizamos Morzón.
Llegó el tiempo del Cueto
¡Que derroche de paciencia!
No era cateto
sino muy ilustrado
siempre intentando impartir ciencia
mientras nos reíamos en su careto,
pero eso sí, siempre con respeto.
El Ordás era caso aparte
¡Cuanta historia junta!
Metternich le obsesionaba
Nos dijo que la revolución francesa no entraba
en la selectividad para nada
Y acertó de narices
pues nos pilló a todos en pañales,
pero nuestro instinto de supervivencia
suplió la falta de ciencia.
Muchos profesores desfilaron
y a todos tienen sitio en nuestro corazón
unos por los que nos amaron
y otros por tener de su parte la razón,
no podemos olvidar al Guineano,
ni al profesor Ovidio,
aquél siempre hablando con su dura mano,
y éste cuando entró de novicio,
sustituyendo al malogrado Don Primo,
inyectó bocanadas de aire fresco
en los muros del colegio,
repleto de ganado caprino,
siguiendo la línea de mesura
abierta por Matallanes Crespo
y sin olvidar la ternura,
de Leoncio, Imas y tantos que ya no están
pero que con gran paciencia,
se ganaban el pan
intentando moldear nuestra conciencia
desde su servicial sapiencia.
La revolución asomó
Salió la revista basura
Y asumió la realidad más cruda
Pues pronto fue secuestrada
y su lectura muy cotizada,
por decir la verdad desnuda.
Y sus fiestas
tan oficiales
con sus piñatas
con sus juegos,
sin niñatas,
tan formales,
con sus efemérides,
tan sencillas,
tan saludables.
que mejor serían unas siestas
con sueños tropicales.
Muchas cosas estaban mal
Algunas cosas estaban bien
Otras eran mejorables
Pero estoy seguro que todos
Tuvimos momentos memorables.
Siempre es de lamentar
Que no fuera el colegio mixto
Casi mejor, pues seguro que armaríamos algún cristo.
Todos eramos humanos
El que no se arreglaba con las ursulinas
Tan tontas, tan moninas
Se arreglaba con las manos.
¡Qué diantre! Somos humanos.
No tenemos rencor
Nos formaron como quisieron
nos ilustraron como pudieron
Pero creo sinceramente
Que en un mundo tan endiablado
Nos esculpieron la mente,
nos abrieron horizontes,
nos ofrecieron lo mejor,
y aunque todavía no contábamos con Zapatero,
por poco dinero,
enseñándonos a amar lo importante,
y a despreciar lo rastrero,
En definitiva, nos han dejado un gran legado,
pues nos han educado.
Y así, sin darnos cuenta,
Estamos mas allá de los cuarenta
Juntos de nuevo,
Más gordos, más calvos,
pero juntos de nuevo
Hasta la próxima reunión
antes de los ochenta
que llegarán sin darnos cuenta.