Del 23 al 25 de Noviembre de 2011
Querido Manolo:
Las de este año han sido las primeras fiestas de Calasanz en las que no has estado a nuestro lado. Fíjate que incluso pasó por nuestra mente la posibilidad de suspenderlas, pero al final pensamos que eso sería para ti un disgusto, que nos reñirías amablemente por dejar a los chicos sin fiestas y claro, las hemos hecho. Y como eso te ha contentado, hasta has salido en la felicitación, con esa sonrisa entre afable y picarona, deseándonos a todos unas buenas fiestas.
¿Sabes, Manolo? Se nota tu ausencia. Parece mentira la cantidad de pequeños huecos que tu presencia cubría. Aquellas pequeñas cosas que, aparentemente, son de poca importancia, aquellos pequeños detalles que marcan la diferencia entre lo incompleto y lo bien acabado, aquel poder seguir con lo que se estaba haciendo porque tú te hacías cargo del imprevisto que surgía…
Te conocí en la enfermería y alguna vez me tuviste que atender, tanto para curarme una herida como cuando los internos nos poníamos enfermos (o hacíamos que lo estábamos) y pasabas por los dormitorios haciendo tu ronda diaria. El cura polaco, te decían. Y te quedó “Chavisky”, porque para ti de pequeños todos fuimos “chaviskynes”. Te conocí conduciendo la furgoneta del colegio, llevándonos a los de deportes a entrenar al CAU y trayéndonos de vuelta para cenar. Y cenábamos caliente porque te habías preocupado de recordar en cocina que “hay unos chicos que vendrán a cenar más tarde…”. Te recuerdo, en aquellos domingos que por tener competición temprano, debíamos desayunar antes que los demás y tú te preocupabas de que tuviéramos un desayuno especial. ¡Y teníamos hasta naranjas y un huevo frito…!
Te conocí en secretaría, en aquella época en la que toda la documentación se hacía a mano, llenando pacientemente documentación y actas con tu letra de amanuense. Y como te gustaba que todo estuviera impecable, si había un error lo escribías todo de nuevo. ¿Cómo no me ibas a reñir cuando, por comodidad, en caso de muchos papeles, yo hacía la firma “corta” en lugar de la normal? Tu mesa era un dechado de orden, nunca faltaban los lápices bien afilados, bolígrafos de colores, sobres, sellos… ¿Dónde íbamos a buscar grapas o clips, si no era a tu mesa?
Te conocí, ya enfermo, intentando seguir “siendo útil”, como tú decías. “Es que en Oviedo soy útil”, intentabas convencer al Provincial el pasado mes de febrero para que te permitiera venirte conmigo para Oviedo. Le convenciste y vinimos hablando todo el camino de aquel colegio de los años sesenta, de aquellos escolapios, profesores y alumnos de aquella época. Y me demostraste que tenías más memoria que yo… De nuevo en Oviedo, te levantabas temprano, para llevar a los pequeñinos a la guardería, de la mano por el pasillo, con tu bata blanca y ese andar bamboleante que tu enfermedad te fue acrecentando. De la mano a otros niños, tus chaviskines de ahora, tus chaviskynes de siempre. Fuiste útil para muchas cosas, Manolo, pero tal vez tu mayor utilidad es la de haber sido ejemplo vivo de lo importante que es el intentar hacer bien hasta las cosas más pequeñas.
Te fui a despedir a tu pueblecito de Orense, ese pueblecito de casas de piedra al que tanto te gustaba ir en aquellas raras ocasiones en las que te permitías el lujo de unas pequeñas vacaciones. Y vi como te llevaban a tu última morada, poco más sencilla que aquella habitación que tantos años ocupaste en Oviedo. Y descubrí con sorpresa que cerca de ti está el Hermano Antonio, “El Gallego”. Fíjate, tantos años juntos y no sabía que erais del mismo pueblo.
Y ya ves… Tú, que hiciste de la humildad y de la discreción un arte, acabaste saliendo en el periódico al final de tu vida. Y es que has dejado huella, Manolo. Han sido miles los chaviskines que te conocieron, apreciaron y conservaron buen recuerdo de ti. Y, es que, aunque ya no estés entre nosotros, pervives en nuestros corazones.
Un abrazo, Manolo